Capítulo 31: Dieciocho

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Gracias por este año.
Por las personas maravillosas con las que lo he compartido. Por las que ya conocía, por las que he conocido a última hora, y por las que he podido conocer mejor este año. Por seguir a mi lado. Como decía Bilbo, no conozco a la mitad de vosotros ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de vosotros merece.
Por las noches sin apenas dormir, por el café y la cerveza, por la entropía y la ruka. Por las experiencias y los viajes. Por Bordeaux, Nueva York, Washington, Philadelphia, y por volver a Granada. Por Burgos, su frío y su Cid. Por la primavera que me espera en Madrid.
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Por los poemas de Junio, por Septiembre, Noviembre, Inma y Nacho, porque aquí hay dragones y nunca se irán.
Por los puentes, con los que empezó todo esto. Por la última fila del bus, los dragones y el Pico Dufour.
Por el viaje en tren, Taburete, La Tregua, Avellaneda y los arcángeles atrincherados.
Por los parques, por todo lo que hemos conquistado. Por las ciudades, las azoteas y las estaciones. Por tus lunares. Porque somos gatos sin dueño, porque tenemos el alma llena de rocío y porque quizá el futuro dependa de lo que tú y yo estemos haciendo en este momento.
Por los caminantes, porque somos una promesa y un mundo. Por nosotros, porque somos un viaje, una lección, una tregua, y una revolución. Porque somos la carcajada frenética, con un punto de locura, que rompe el silencio que ellos construyeron con el único fin de separarnos. Y no queremos ser recuerdo.
Por el Norte, los poemas de Mario y de Ana, el Arrivederci Roma de Claudio Villa y las novelas de Albert. Porque encontré mis acantilados.
Por el presidente, ¿qué sería de mí sin ti? Por tus casi dos días sin dormir, por tus venas llenas de cafeína, por buscar el libro perfecto en la librería de los soportales, alejado de la mano de un Dios cualquiera. Porque te llevo en mí. Y aún conservo inviernos de aquellos poemas.
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Por el paréntesis, despacio, en tu salón.
Por el invierno, porque vuelve a ser domingo, y menos mal.
Por los arcángeles, los dragones, el tren, estaciones y porque el cielo me espere sentado.
Por volver, porque los dragones de junio te llevaron hasta septiembre. Y en una carrera sin frenos, cruzaste el puente justo a tiempo, y viste el atardecer más bonito del mundo, y supiste que no había vuelta atrás, y que tenías que huir hacia delante, y perderte y encontrarte. Y morir, matando dragones. Para luego volver.
Por mis declaraciones de principios, para Noviembre y por Noviembre.
Por los edificios, porque la eternidad es un instante en el tiempo, y yo quiero pasarlo contigo.
Por la orilla del Volga, por la batalla, y las cartas.
Por volver con la frente marchita, por dedicarme mis mejores poemas, y quererme más que nada. Por los dragones, la poesía, el yo eterno, los edificios, el vaho, las cinco jotas. El exilio. Por el corazón con parches, por llenarme la vida con medio beso. Por Montparnasse, los secretos, las casualidades. Porque ni Murcia nos reconoce.
Por la autocrítica.
Y porque te escribo.
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Por la vieja que en mitad de la calle me trastocó el alma, y me devolvió a los diez años.
Por los atardeceres, las palmeras y el viento. Por las veces que me sentía tan intermitente como las farolas, y tan alejado de Murcia como cerca de alcanzar cualquier sueño.
Por los “¿y ahora qué?”.
Por los trenes que recorren Castilla de madrugada. Por los domingos. Por la primavera.
Por Madrid, por el sábado de treinta horas y los cafés de Barajas.
Por la magia de aeropuertos y estaciones.
Por los archipiélagos de nubes, los dos días sin dormir, el apagón del Hudson y el amanecer de los bosques.
Por no dejar nunca de tener el alma expuesta al rocío, y por tus postales de París, tus cenizas de Salem.
Por no quitarme nunca el bombín, ni dejar de tocar el trombón, aunque me envejezca el alma. Por querer visitar Nueva Orleans y gritar “¿Dónde está?”.
Por ser viento.
O barbarie.
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Por el norte y el sur, y mi sureño.
Por renacer cuando el norte ha muerto. Por conquistarlo. Por el sur que estaba esperando que volviera a casa. Por vivir momentos más bonitos que el Paseo de los Tristes y por resistir como el Albayzín. Por olvidar Castilla, por vivir cuidando las flores del Generalife, y perdiéndonos entre casas blancas.
Por el Poeta de Nicanor, José Alfredo, Jimena y el Viejo Tupí. Por el Agente Suárez, por el verano del 95, y por querer ser poeta, errante, erróneo y peregrino. Y por serlo.
Por los dos años con el sureño, conquistando pueblecitos de montaña, matando dragones, y parando a descansar en pueblos costeros.
Por el puente de los franceses, por el himno de los tercios y por todas las veces que le he pedido a gritos a un camarero caracoles. Por la Internacional borracho, por Sabina, por Antílopez y por las noches volviendo a casa tarareando Semi Suite aunque no llueva.
Por las oportunidades brindadas y por subirme a escenarios.
Por mí, por mi mundo, por este año y por lo que queda.
Gracias.
Amor a todo y todos.

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