Capítulo 28: alcohol.

Iré por orden cronológico, pese a que podría ser alfabético, asumiendo que sabréis discernir qué va por vosotros, y qué no.
Septiembre: tu amor es el ron más caro de este bar. Es el sabor elegante que mi paladar nunca ha tenido el placer de probar, el aroma que nunca se ha asomado a mi nariz mientras jugaba en mis labios. Es elegante, y antiguo, y viene de lejos. Podría llegar a odiarlo, porque me sobran los motivos. Pero sigo esperando el día en que reúna los requisitos necesarios. Valor, supongo. O dinero. Me sobran los motivos, pero sigues teniendo un hueco en la estantería. Esperándote. Siempre esperándote. Y por eso te escribo.

Enero: tu amor era el garrafón de una noche en el Norte. Era tóxico, tiene lagunas en mi cabeza y me robó el mes de abril. Cuando lo bebí, creía que iba a salvarte. En realidad, me perdí salvándote. Y la mera idea de poder salvarte, era absurdamente tóxica. Y siento no haberte sabido querer. Como decía Loreto Sesma, ni aquello era amor, ni esto es poesía.

Octubre: tu amor eran chupitos de tequila, elixir de los dioses al que mal acostumbré mi cuerpo. Una noche me emborraché de tu amor y casi no vuelvo. Pese a todo, vuelvo a verte muchas noches, y cuando no bebo cerveza y vuelvo a beber de tu amor, me pregunto qué no funcionó.

Julio: tu amor fue jagger y rebull. Fue doritos, poesía y teatro. La beodez llegó de improvisto, y me asusté, y huí. Me dio miedo que fueses Enero, y eso que tu nunca fuiste garrafón. Me dieron miedo tus ganas de amarrarme a puerto, y corrí hasta estar fuera del rango de aquella mirada que tanto me gustaba. La única cárcel de este corazón, cariño, son mis costillas.

Noviembre: tu amor era Seagram’s con Sprite. Mi bebida favorita. Y mi amor por ti fue como su correspondiente beodez: no sabía cómo llegó ni por qué estaba tan borracho. Me hiciste olvidar el ron, y fuiste mi Cuba favorita. Fuiste el piano de fondo de toda mi poesía, fuiste la 6ª de Chaikovsky. Fuiste las luces de bohemia de mi Moulin Rouge, el escudo del pueblo, el guardián entre el Centeno. Eres la que se manifiesta frente al Congreso, los labios más rojos que han gritado rebeldía, la que lucha, la que no se conforma. La que se besaba conmigo en frente de la Guardia Civil, para después hablar de la república. La que me regalaba madrugadas, y buenas noches y buenos días. La que defendía la poesía que encerraban los aeropuertos. La que se maquillaba mientras le recitaba poemas. Tu pelo era mi mar favorito, tu pecho la mejor línea de costa, y tu mirada el faro. Eras Calipso y Ogigia. Y yo el hijo de Poseidón.

He quemado medio almanaque en alcohol, y ya sólo me queda el amor propio. Mi amor propio es como la cerveza. Resulta ridículo emborracharse de ella, pero la cerveza siempre está ahí, accesible. Y cuesta acostumbrarse a su sabor, pero siempre está ahí.

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