Capítulo 25: El poeta de Nicanor

Se fuma soledades en papel de poesía, y el tabaco es un juego arriesgado al que apostarse el aire. Y después respira con fuerza, guardando el olor a limón del verano para las noches de invierno.

Tiene un trocito de alma perdida en Madrid, las noches en Granada y las lágrimas en Málaga. Tiene poemas que no son para nadie, y nadie que no haya retratado en su literatura de autobuses y palmeras.

Ha visto mil atardeceres y prefiere los amaneceres de septiembre contigo.
Ha sido presidente de sus sueños y jefe del gabinete del verano del 95.
Fue el rey del que habló un tal José Alfredo, y las cervezas con Jimena.
Busca a Nicanor mientras consume nicotina y no sabe aún qué le pasó al Viejo Tupí. Sigue sin encontrar el café más bonito del mundo.
Sigue intentando ser el agente Suárez, sigue queriendo perderse en tu pelo y ser quién llene de vaho tus gafas.
Nunca se ha sentido tan lleno como cuando le sonreíste, y no mentiría si jurase que te mandaría mil claveles más con tal de seguir enseñándote poemas.


De mayor quiere ser las margaritas de primavera y los dientes de León que cumplan tus sueños.
Y viento, semicorcheas, amaneceres, agente secreto, pirata y espía, periodista de desiertos, bandido de corte, peregrino, protector del reino, guardián entre el centeno y escudo del pueblo.
Tu poemario favorito y tu tregua.
Quiere ser poeta, errante, erróneo y peregrino.

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