Capítulo 8: El invierno

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Lo mejor del verano era, sin duda, ver amaneceres y atardeceres. El puto invierno se ha llevado todo. Ya no hay amaneceres, ni atardeceres, no hay hojas en los árboles, ni luz en tus ojos, y ni mis carcajadas tienen la misma fuerza. Arrasó como una red de arrastre con mi fondo marino, y ahora sólo hay nocturnidad. El frío me está dejando sin aire. Y saco fuerzas pensando en que, gracias al invierno, voy a poder ver cómo te cambia la mirada en primavera. Pero, claro, como siempre, yo aún no sé si quererte, pedir un café, o darle media vuelta al mundo. Y antes de darme cuenta, mis dedos están jugando con mi barbilla, y yo estoy pensando en qué escribirte, en qué decirte, en qué fotos hacerte. Y estoy pensando en que quiero verte. Al final, como a los románticos del XVIII, sólo me quedan los paisajes. Pero el invierno no ha podido llevarse los dragones de junio, y tú sigues siendo mi patria. Y nosotros seguimos sin ser poetas, seguimos sin ser poesía, y seguimos con la ciudad, y el alma, en llamas. Como el vino, hemos vivido más de noche que de día, y mejoramos con los años. Y yo sigo queriendo contar los lunares de tu espalda, un año después.

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Durante un tiempo, viví esperando al presidente. Por un instante creí haberle encontrado en un hotel barato de Málaga. Aquella noche probé el rocío del filo de la madrugada, y sabía a silencio. Pero sobre todo, sabía a la amargura propia del que descubre que su mejor yo ha muerto y que cuando se vuelva valiente, va a tener que construirse uno nuevo. Pero yo solo necesitaba un alma que llevarme a la boca, y una sonrisa huracanada que me enredase el pelo. Y, a pesar de esto, yo solo he buscado que me regalen noches fugaces. Quizá no tenía tiempo, quizá tenía miedo al compromiso, quizá a la soledad. Posiblemente, como casi siempre, mi cabeza esa noche fue una caja de música, y probablemente, aquella noche, fue mi meridiano de Greenwich. Quizá, esa noche, sea más simbólica que cualquier bandera amarilla, y quizá, un año después, ahora somos noviembre, y yo sólo quiero que nos coma la lluvia. Y que, cuando el sol salga a gusto de los dos, me llames.

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Al final, vuelve a ser domingo. Y no tengo presidente, ni nos hemos fugado de esta ciudad, ni somos héroes, nada ha cambiado, y ya solo quedamos los mismos. Vuelve a ser domingo, y yo solo quiero que la noche se me haga de día. Pero el invierno no regala amaneceres.

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