Capítulo 6: El presidente

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Lleva casi dos días sin dormir. Se ha llenado las venas de cafeína para aguantar el viaje. Ha empujado las nubes del norte hacia abajo para sentirse en la cima. Cree que es el presidente. Y camino de ese lugar, se pregunta, curioso, qué hallará. La gente no para de hablar de ese sitio, pero él sabe que hay que valorar lo que callan. ¿Qué será lo que callan? Ha empezado a verte en cada esquina. No sabe si es la falta de sueño, o la falta de café. Piensa que, igual, sólo te ve porque quiere verte. Pero desecha esa idea. Le reconforta más pensar que te ve porque quieres verle. No ha podido dormir en el avión, pero el viaje ha sido fácil. Parece raro. Recogió sus maletas con parsimonia. Nadie le esperaba al salir de la terminal. Se encendió un cigarro, se apoyó en la pared, y observó. La niebla no le dejaba ver el mar, pero él sabía que te iba a echar de menos.

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Cuando le hablaron por primera vez de ese lugar, dijeron que el mundo entero pasó por allí antes de ser construido. Al salir de aquel aeropuerto, pensó que debería darse un tiempo. Pero él es el presidente, sobre todo en tiempos de crisis. Y se pensó inmortal ante la cima del mundo. Y, aunque él no lo sepa, la ciudad parecía inmortal en sus ojos. Un día, me crucé con él en el metro, pero yo aún no le conocía. Curiosa coincidencia la de coexistir en un medio con quien te ha marcado tanto, antes de saber que lo hará. La suerte me habló de él años después, pero ya no era el presidente. Su mandato expiró, y ahora, derrotado por sí mismo, busca el libro perfecto en la librería de los soportales, alejado de la mano de un Dios cualquiera. Le llevo en mí. Y aún conservo inviernos de aquellos poemas.

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Un día fui a su ciudad. Y me sentí inmensamente pequeño ante tal adversidad. En aquella ciudad murió una parte del presidente. De mi presidente. Pero él no quería ser recuerdo, así que yo fui vivencias, y a la mierda el conformismo. Y allí fuimos rabia, odio y despertares. Fuimos discursos de despedida. Fuimos un descuido, una casualidad, o cien mil casualidades. Fuimos amaneceres prohibidos, nos llenamos las semanas de domingos y todos los días fueron fiesta. Y nos reímos juntos de la muerte. Aquellos instantes, a fin de cuentas, hicieron insignificante la eternidad. Y al igual que mi presidente, un día seremos decadencia, y estaremos buscando poemas en a saber qué librerías. Pero, desde luego, no seremos recuerdo.

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