Capítulo 5: El norte

Vuelvo a ti, como vuelve el invierno, siempre distinto, siempre tan frío. Y tú sigues aquí, a mi lado, entre poemas de Mario y de Ana, el Arrivederci Roma de Claudio Villa y las novelas de Albert. El viento del norte te enreda el pelo y las ideas, y nosotros que somos sur del sur. El secreto es el sur. Y aunque ahora solo seamos recuerdos, eras ideas minimalistas para mentes complejas, y supiste construir castillos de arena mientras todo se derrumbaba. Y yo supe traerte dunas. Y luchamos, con tus ojos por bandera, paseamos, hablamos y pensamos como si fuéramos dos aristotélicos. Éramos canciones distintas de los mismos acordes. No sabía qué era el amor entonces, y sigo sin saberlo. Hacía tiempo que no pensábamos el uno en el otro. Al final el viento te enredó tanto que fui incapaz de desenredarte, y te fuiste. O nos fuimos.

Y después me vi entre mi almohada y la soledad, y avancé hacia el norte. Me tachó de extranjero y construí mis propios castillos, pero ya no había arena. Nadie supo traerme dunas. Dejé atrás desiertos y puertos. Por un tiempo no tuve ciudad. Visité pueblos fantasma, escalé montañas, conocí el pico Dufour, y descubrí. Descubrí que, en realidad, había estado media vida equivocado de bando. Descubrí que allí había dragones. Y que no pensaban irse. Descubrí que allí se hablaba de magia, que no había muros ni miradas insalvables, y encontré mis acantilados. Pero un día me entró nostalgia. Me asenté en un pequeño pueblo de montaña a esperar, no sé muy bien qué, ni a quién, pero mientras tanto me replanteé cosas. Aún no sé si la culpa fue mía por irme dejando todo atrás, o vuestra por dejarme ir. El camino me ha enseñado tanto… Creo que, si tuviese la mente de hoy, no te habría perdido hace un año. Pero creo que no hubiese encontrado el camino hasta aquí si no te hubiera perdido.

Al final me cansé de esperar. Seguí hacia el norte. Entré en un pelotón de guerra, y empezamos a dominar dragones. Allí encontré a otro sureño. Me habló de su sur, perdimos el norte juntos, construimos castillos, conquistamos aquellos lugares, y me enseñó que hay dulzura salada, que hay miradas que lo dicen todo sin decir nada, que hay otros acordes. Espero haberle enseñado algo yo a él. Hace unos meses, el sureño se encontró con sus propios acantilados. Sé que no eres funambulista, pero estás acostumbrado a luchar. Sé que superarás tus acantilados. Y yo te esperaré, en este pequeño pueblecito costero. Tienes tiempo, fuerza, ganas y actitud, y sabes que al final de esta historia eres el único que puede ganar. Algún día volveremos al sur, compañero, llevaremos collares de dientes de dragón, y reconquistaremos estos lugares. Mataría dragones por ti, sureño. Te quiero, con la certeza de quien se ha encontrado a sí mismo, a medias, en otra persona. Y te seguiré esperando.


Esto es para ti, pero ya lo sabías.

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